Valle-Inclán y su "Farsa y licencia de la reina castiza" deslumbran en la Sala Margarita Xirxu, con una impecable versión dirigida por Ana Zamora
Volver a Valle-Inclán siempre es una opción para reencontrarse con el gran teatro, ese que guarda todos los recursos de la teatralidad al tiempo que se yergue como ejemplo retador de lo que es la gran literatura dramática. Escuchar las brillantes, revolucionarias, vanguardistas acotaciones de los textos Valle nos hace sentir pequeños, hipnotizados, desconcertados ante el dominio de la palabra y el rotundo ingenio verbal de quien fuera un escritor equivalente en maestría a los maestros barrocos.
Y esto es lo que consigue recordar y realzar Ana Zamora en el montaje que presenciamos ayer, en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español, de Farsa y licencia de la reina castiza, ese delicioso entramado esperpéntico con el que, desde el sarcasmo, la burla, el ingenio, la deformación de los personajes, la procacidad más ingeniosa y la sátira desinhibida de la farsa, mediante la utilización de un lenguaje pulcramente alambicado -que hubiera querido para sí Romero Esteo-, Ramón María del Valle-Inclán desnudó los entresijos de alcoba y festín protagonizados por "la reina castiza", en los que quiso retratar las vergüenzas e inmundicias de un reinado presentado por el autor bajo el signo de la hipocresía, la supervivencia, el deseo y la corruptela.
Ana Zamora ha creado de nuevo un montaje de un exquisito estilismo y un depurado gusto estético, donde la plasticidad de las formas -dominadas por una enorme faldón blanco que puede dar cabida a multitud de situaciones y espacios, tanto dentro como fuera de él-, el inteligente y polivalente uso de los objetos en escena -maravillosos los sombreros de "papel de periódico" que identifican a los personajes-, el acompañamiento musical, el delicado trato del lenguaje y el formidable trabajo actoral de los seis intérpretes que componen el reparto, constituyen un engranaje armonioso y perfecto, donde todo funciona al unísono, con magnífica precisión y ritmo.
La escenografía y el trabajo de objetos mencionado, obra de David Faraco; el bellísimo y sugerente vestuario diseñado por Deborah Macías; la dirección musical de Víctor Pliego de Andrés, junto con las coreografías de Javier García Ávila o la iluminación de Juan Gómez-Cornejo -que realza los blancos y rojos dominantes en el conjunto-, entre otros responsables artísticos de la puesta en escena, son parte del atractivo de este impecable y original espectáculo al que Ana Zamora ha dado cuanto pedía: una auténtica y verdadera farsa valleinclanesca, puro esperpento.
La magnífica versión de la directora madrileña ha concentrado en seis actores los cerca de veinte personajes que intervienen en la obra, reducidos con acierto y sin que la reducción suponga merma alguna respeto al original. Una auténtica lección de cómo debe versionarse un texto ajeno -"arreglo" lo llamaban nuestros antepasados decimonónicos-, respetándolo y haciendo que sus galas y valores luzcan aún más ante el público contemporáneo. Miguel Ángel Amor, Paula Iwasaki, Alejandro Pau, Aisa Pérez, Rafael Ortiz e Isabel Zamora crean con su talento interpretativo, y su depurada técnica, un fantástico escenario donde el juego y la charlotada -perfectamente medidos por la directora de este orquestado mecanismo bufo- se imponen y transmiten al público, que sigue con interés las peripecias de una reina Isabel II, en su versión más "castiza" y populachera, a quien da vida una Paula Iwasaki que lo borda.
Es, en fin, esta Farsa y licencia de la reina castiza, con la que finalizan esta temporada -ya veraniega- las representaciones en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español, un excepcional cierre de oro que da la mano a la espectacular adaptación de La escopeta nacional representada al mismo tiempo en la sala grande, y de la que dimos cuenta con anterioridad desde estas páginas. Si el universo de Berlanga y Azcona mostraba, desde la sátira, los usos y maneras de un tiempo no tan lejano que parece hacerse siempre presente, la mirada lanzada hace cien años por Valle-Inclán al siglo XIX parece dirigida tanto al pasado como al futuro, pues las palabras y situaciones que caricaturiza, y critica, siguen teniendo hoy plena validez. Si aún no han visto esta reina castiza, que permanecerá en cartel hasta el 26 de julio, no dejen de hacerlo; les espera una gran obra teatral y un excelente montaje.
José Luis González Subías




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