La magia de "El club de los poetas muertos" llega al escenario del Teatro La Latina, en un montaje dirigido por Juan Luis Iborra


Es muy difícil que nadie que ronde los cincuenta años no sepa quién fue el profesor Keating y el Club de los poetas muertos, o haya expresado en voz alta en más de una ocasión el horaciano carpe diem, rememorando aquella película que popularizó la expresión a finales del siglo pasado; tanto como aquel "¡Oh, capitán, mi capitán!" de Whitman, convertido en un grito de rebeldía -también de responsabilidad- y reconocimiento, a un tiempo, hacia los líderes y héroes anónimos -los docentes lo eran entonces- capaces de transmitir, defender y divulgar los valores más auténticos de una sociedad verdadera y merecidamente humana. Eran otros tiempos.

En 1989, se estrenó en Estados Unidos una película, Dead Poets Society -traducida como El club de los poetas muertos, en España-, con guion de Tom Schulman y dirigida por Peter Weir, que causó un enorme impacto internacional y, sin exageración alguna, marcó a más de una generación. Aquel profesor de Literatura, de extravagantes métodos pedagógicos, que anteponía al ser humano y su capacidad de soñar y vivir intensamente, desde la pasión y la verdad, a una formación fría y deshumanizada, carente de valor alguno más allá del instructivo, y que el actor Robin Williams inmortalizó con su rostro y sus maneras, sigue viviendo en el recuerdo de quienes convertimos aquella película y los valores que transmitía, en una forma de sentir y entender la vida. Mucho la utilizamos en las aulas, durante bastantes años, aquellos profesores que encontramos en Keating una inspiración -estamos seguros de que nuestros alumnos de entonces no lo habrán olvidado-.

Son muchos los recuerdos y las emociones que nos acompañaban por tanto ayer, en el Teatro La Latina, al inicio de una nueva función de El club de los poetas muertos, uno de los más ambiciosos proyectos escénicos de esta temporada, producido por Pentación Espectáculos y A&A.

La adaptación teatral de aquel maravilloso guion -llevado al teatro por primera vez- es obra del propio Schulman, quien ha seguido de cerca el proceso de un montaje que cuenta con la espectacularidad, la cercanía, la delicadeza y el saber hacer de un director como Juan Luis Iborra, acostumbrado a enfrentarse a grandes retos sobre el escenario y avezado en el trabajo con actores jóvenes y adolescentes -recuérdese su dirección de Los chicos del coro o, más recientemente, Oliver Twist-.

El resultado, como no podía ser otro, es el esperable de una gran producción. El texto de Tom Schulman, de una enorme calidad, está salpicado no solo de conocimiento y amor por la literatura, sino de sentencias y reflexiones de hondo calado, que alternan con situaciones de alta intensidad emocional -de elevada carga dramática, incluso trágica- que no dejan indiferente al público. Todo ello en un ambiente de distendida jovialidad y camaradería que nos retrotrae a esos momentos tan excitantes de la adolescencia donde todo es aprendizaje, y las prohibiciones y miedos alternan tanto con la diversión como con la satisfacción del descubrimiento y la rebeldía.

Desde el punto de vista técnico, Iborra ha contado con un equipo de demostrada solvencia. La escenografía de David Pizarro -con el que el director ha trabajado con frecuencia- vuelve a crear esos ampulosos espacios, de ambientación realista, a que nos tiene acostumbrados. Impecable asimismo el vestuario diseñado por Gabriela Salaverri, acorde con el realismo que impregna el tono de la obra. La iluminación de Juanjo Llorens -colaborador habitual en los montajes de Juan Luis Iborra- cumple con pulcritud y elegancia su cometido; al igual que la ambientación musical de Gerardo Gardelin.

Dejamos para el final la mención al feliz reparto elegido para dar vida al universo de la Welton Academy, ese colegio de élite y acentuado ideario conservador donde transcurre la acción de la obra. Los seis jóvenes actores -Jacobo Macarena, Gabriel Flores, Lennon Jon Sharp, Álvaro de Paz, Sergio Aguado, Marcos Saneiro- que interpretan a los alumnos del profesor Keating realizan un extraordinario trabajo en sus respectivos papeles, cada uno con su propia y marcada personalidad. Por su relevancia en la trama y su definitivo papel como desencadenante último del desenlace -que ahorramos no solo por ser, quizá, sobradamente conocido, sino para no revelar a quienes desconozcan la historia sus sorpresas-, destacaremos la actuación de Jacobo Macarena como Neil Perry, quien debe sufrir la incomprensión de un padre -interpretado magistralmente por Tomy Álvarez- que le prohíbe, desde una férrea y ciega autoridad, realizar sus deseos de ser actor y participar en la representación de El sueño de una noche de verano.

Importante papel, como antagonista de la historia -al igual que Tomy Álvarez como Sr. Perry, tan antagonista como este-, es el realizado por Manu Rodríguez en su magnífica interpretación del director del centro. Pero si existe un personaje carismático en la pieza, que cualquier actor hubiera deseado interpretar, es el del profesor John Keating. Le ha correspondido esta maravillosa oportunidad y fortuna a Juanjo Artero, un veterano actor que ha confesado haberse sentido marcado -como tantos de nosotros- por tan brillante película y el actor que dio vida por primera vez a su personaje, el inigualable y nunca olvidado Robin Williams. Artero no solo ha salido con bien de tan importante reto, sino que ha correspondido a tan alta responsabilidad y honor con una interpretación magistral, inolvidable, de esas que hacen historia, creando un personaje a su medida, que ha hecho propio. El profesor Keating tiene ahora dos rostros y dos idiomas; y el español es ya, sin duda alguna, el de nuestro Juanjo Artero.

Pocos elogios nos quedan ya por hacer de una obra digna de figurar entre los planes de estudio de cualquier centro de enseñanza secundaria, y entre las aptas y necesarias para ennoblecer la conducta humana. Tom Schulman creó, a nuestros ojos, una obra inmortal, que debería ser disfrutada por todo el mundo. Sin perder la oportunidad de hacerlo siempre en aquella magistral película, tenemos la fortuna de poder vivir ahora la historia del profesor Keating y de sus alumnos de cerca, sobre un escenario, en realidad corpórea.

Estrenada en el Teatro La Latina el pasado 11 de septiembre, El club de los poetas muertos permanecerá en escena hasta el 8 de noviembre. Un espectáculo único, entrañable, que merece la pena disfrutar. No se lo pierdan.

José Luis González Subías


Fotografías: Javier Naval

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