"La isla", un acercamiento dramático a la intimidad del dolor


Si no existiera el teatro, habría que reinventarlo, para poder indagar en nosotros mismos viendo reflejadas nuestras pasiones, deseos, temores y dudas en otros. Hoy que tanto se busca en la escena integrar al público en la representación, invitándole a participar "activamente" en el juego ficcional del espectáculo, la concepción tradicional del drama sigue mostrando su fuerza y efectividad para transportar al "pasivo" espectador a cualquier parte, tanto fuera como dentro del escenario, haciéndole viajar e integrarse en el juego escénico únicamente a través de la magia de un buen texto dramático y unos actores capaces de seducirnos y arrastrarnos con ellos a su mundo, que se convierte en el nuestro.

Esa concepción "tradicional" del arte dramático es la que encontramos en La isla, el último texto estrenado por la compañía granadina Histrion Teatro, escrito para la ocasión por el director y dramaturgo Juan Carlos Rubio (Montilla, 1967), que repite experiencia tras el éxito obtenido con Lorca, la correspondencia personal, estrenada en 2017 y que ahora mismo se halla en cartel en Madrid, en el Teatro Lara. Presentado por primera vez en el Teatro Alhambra, de Granada, el pasado 8 de febrero de 2019, y representado ayer, en función única, en el Teatro Auditorio de Coslada, como broche a la programación de primavera de este municipio madrileño, La isla es un ejercicio metateatral que entremezcla la realidad con la ficción, en una permanente mixtura entre planos donde las actrices Gema Matarranz y Marta Megías se interpretan a sí mismas en mitad del ensayo de un texto escrito y dirigido por Juan Carlos Rubio -titulado La isla-, en el que representan a una pareja de lesbianas que, en la fría sala de espera de la séptima planta de un hospital donde aguardan saber el estado de su pequeño hijo de once años, que ha saltado desde una ventana abierta de casa, deberán enfrentarse con sus más ocultos temores y mirar cara a cara a su conciencia.

Emparentado con la tradición dramática del realismo norteamericano -no es casual que Rubio sea un avezado conocedor de la obra de David Mamet, a quien ha dirigido en importantes textos como Muñeca de porcelana o La culpa, reseñados en La última bambalina-, es La isla un texto de hondura psicológica, que combina formalmente la crudeza del realismo más coloquial con los ribetes poéticos de un discurso que adopta en ciertos momentos un tono más literario, acorde con la ensoñación dramática a que nos transporta esa mixtura entre realidad y ficción perseguida conscientemente a lo largo de la historia; único modo, quizá, de ahondar en los rincones ocultos de la psique de los personajes presentados, para descubrir el drama y los dramas silentes de su relación, que ansían aflorar.

No necesita mucho el director de esta compleja trama, que otorga todo el peso del montaje a la palabra y al trabajo actoral, para presentar su historia sobre la escena. La austera sobriedad de la caja negra de un escenario desnudo, con el elemental mobiliario para sugerir que nos hallamos tanto en una sala de espera como de ensayo (mesa, algunas bancadas de sillas, papelera...) y la blanquecina iluminación de un fluorescente central , apoyado por algunos focos que refuerzan esa fría gama de impersonal luz blanca (parecería que nos halláramos en un quirófano de los sentimientos), es suficiente para crear el ambiente aséptico donde Ada (Gema Matarranz) y Laura (Marta Megías) se desnudan y confiesan. Extraordinario tándem de dos actrices que se adaptan y funden en una sola voz, íntima, sincera, emotiva y desgarradora. La veteranía de Matarranz encuentra en la joven Megías el soporte adecuado para volver a romperse por dentro y dar todo sobre un escenario en el que mueve como si no existiera otra realidad; mientras que esta última se yergue con una sensibilidad arrolladora e intensa, pura verdad. Brillante interpretación, en definitiva, acorde con el fondo y la complejidad de un texto dramático difícil y potente.

Fugaz ha sido la visita de La isla a Madrid y, como en anteriores ocasiones que hemos asistido a alguno de los montajes de Histrión Teatro, nos quedamos con la sensación de haber paladeado un exquisito manjar teatral que merecería ser disfrutado por muchos más amantes de la escena. No comprendemos cómo el Centro Dramático Nacional no pone sus ojos en espectáculos como los ofrecidos por esta compañía, a la altura de las mejores del territorio nacional, y en textos como este, que, estamos convencidos, encontraría en cualquiera de las salas del Teatro Valle-Inclán o del María Guerrero un marco adecuado a su valía.

José Luis G. Subías 

Fotografías: Sergio Sanz
  

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